Cuando pienso en ella, vuelvo al 24 de marzo del año 2000. Era de madrugada, yo me encontraba postrada en la camilla del quirófano, alcé mi vista y te miré, estabas envuelta con una cobija de color celeste pálido, fue nuestro primer encuentro físico, y aunque la cobija cubría casi todo tu cuerpo pude notar que todavía tenías sangre, pero no cualquier sangre, si no mi sangre, porque eres sangre de mi sangre. Aunque en ocasiones como éstas mirarla nos trae satisfacción nunca se aleja el dolor que viene con ella. Su color es llamativo y único debido a su pigmento hemoglobínico, su textura suave y fluída, su olor inconfundible. Da significado al sentimiento más grande del mundo, que une y destruye, que se suicida y da la vida por otros. Su símbolo representa al órgano que la hace fluir por el cuerpo. No la sentimos, ni la vemos a menudo, pero ahí está, esperando un golpe, una caída, un bisturí o algún otro objeto filóso que la haga salir.